EL HOGAR DE MARIA DE NAZARET


Es una institución que acoge a niños deficientes físicos. Apenas entras en este hogar te das cuenta que el ama de la institución son los Misioneros de Jesús que lo dirigen. Realmente es un hogar y los misioneros sirven a los niños como lo haría María de Nazaret.
Es una de sus obras predilectas. Su labor misionera se desarrolla especialmente en las comunidades indígenas en las márgenes de los ríos Huallaga y Paranapura. Su servicio es anunciar la Palabra de Dios en la catequesis, celebrar los sacramentos, atender postas sanitarias y acompañar a estas comunidades en sus preocupaciones diarias. Todos los sufrimientos humanos entran en su corazón.
En estas tareas detectan muchas necesidades extremas a las que se enfrentan movidos por la caridad de Cristo. Muchas pobrezas se suman al mismo tiempo: en lo cultural, lo espiritual, lo sanitario, lo social… Al descubrir deficiencias físicas en los niños intentan paliarlas de la mejor manera en su hogar.
Para estos niños hay esperanza gracias a la acogida cariñosa, la atención y ejercicios constantes y en algunos casos las operaciones que tienen que realizarse llevándolos a los hospitales de Lima. Es increíble los milagros que produce el amor para estimular todas las facultades humanas cuando hay deficiencias.
Salió un niño de unos cinco años moviendo su silla de ruedas con energía para recibir a las voluntarias-misioneras que venían de España. Él también quería darles la bienvenida. Desde su sillita extendió sus brazos para abrazarlas por la cintura. No se apartó un instante de ellas. Cuando fueron al comedor fue empujado por una voluntaria. Hay que lavarse las manos antes de comer, dijeron. Se rezagó en sus movimientos. Llevado en volandas hasta los lavabos se restregó bien y se secó las manos. Allí descubrió la voluntaria dos largas cicatrices en ambas piernas por encima de la rodilla. Habría que hacer ejercicios y progresar.
Otro, usando un osito de peluche, lo hacía aparecer y desaparecer por detrás de los cristales moviéndolo como un títere que saludaba. Dos niñas abrazaban a una monitora sin dejarla casi andar. La alegría y satisfacción eran evidentes.
La tarea de servir a estos niños es hermosa. Los horarios pueden resultar agotadores. En la noche hay que velar sus sueños. Desde las primeras luces del día hay que estar constantemente viniendo en ayuda de sus necesidades. Pero las voluntarias misioneras ven en cada niño a Cristo mismo al que quieren servir. Saber que han hecho algo útil por los necesitados es su gozo y descanso al final de cada jornada.
Una voluntaria misionera decía: He descubierto recién ahora este mundo. Aprovecharé esta oportunidad para entregarme a estos niños predilectos de Jesús de Nazaret como los hacen los misioneros.

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